EDICIÓN 2021

INCERTIDUMBRE, AZAR Y PREDICCIÓN

 

Bajo este lema, el Festival Panoràmic 2021 explorará diversas temáticas relacionadas con la percepción del mundo y con los procesos creativos, poniendo énfasis en las relaciones entre cine y fotografía, como rasgo diferencial del certamen.

La incertidumbre tiene relación con el conocimiento que implica disponer de una información imperfecta o desconocida. Se aplica a las predicciones de eventos futuros, a las medidas físicas ya realizadas o a lo desconocido y es transversal en todos los ámbitos del conocimiento. De la incertidumbre derivan diferentes aspectos, como el riesgo, las predicciones, las previsiones, los pronósticos o el azar, que nos informan del mundo conocido y también del futuro, de todo aquello que desconocemos y que, con la apertura temática que caracteriza el festival, también estarán incluidos.

De hecho, cada final de era se enfrenta a la posibilidad de aniquilación del mundo tal como lo conocemos, a menudo representada por la desaparición de la especie humana y también del planeta: cataclismos naturales, revoluciones, explosiones nucleares, guerra biológica… Y en diferentes momentos históricos, las iconografías del fin del mundo han dado lugar a momentos muy creativos. En la era actual del Antropoceno, por primera vez la humanidad se enfrenta a la posibilidad de que sea ella misma la responsable de la extinción de la especie y la destrucción del planeta. Durante los últimos meses, la pandemia causada por la Covid-19 nos ha devuelto todo este imaginario en un contexto de cambio de equilibrio en el mundo, junto a una serie de avances científicos y tecnológicos que nos hablan desde la física cuántica a la exploración de otros planetas. Por eso es un buen momento para reflexionar sobre el futuro, pero no tanto sobre cómo será sino sobre todas las preguntas que plantea.

En un libro reciente, titulado Arte cuántico e incertidumbre, Paul Thomas sitúa dos fuerzas opuestas, la probabilidad y la incertidumbre, en un punto central, tanto en el arte como en la ciencia, y presenta el arte y la cultura visual como instrumentos para investigar el mundo cuántico invisible. Para él, la contradicción entre la física cuántica y la relación causa – efecto ha cambiado nuestra comprensión cultural y del mundo, desde el origen de la vida al concepto de eternidad. En este momento, en el que el ser humano se precipita hacia la tierra con un impulso destructivo masivo, añade, el arte pone en suspensión y pospone este impulso. En este sentido, considera que la vida real está llena de incertidumbre pero observa que lo más destructivo para el entorno es la persecución de la certeza y se pregunta si puede haber una ruptura producida en la psique humana que nos permita ver la verdad atómica de la coexistencia que tenemos con el mundo material por el que estamos constituidos pero que tratamos como si nos fuera exterior. En esta obra, precisamente, se centra en cómo el arte cuestiona la realidad en la era de la incertidumbre. Desde otra vertiente, en 2016, en el Bildmuseet de Suecia, la exposición Perpetual Uncertainty / Contemporary Art in the Nuclear Anthropocene, reunía artistas de diferentes continentes para investigar las tecnologías nucleares, la radiación y la compleja relación entre el conocimiento y el tiempo profundo; así como la forma en que esta tecnología ha repercutido en cómo interpretamos los conceptos de archivo, memoria, conocimiento y tiempo. También en The Aesthetics of Uncertainty, Janet Wolff habla de la incertidumbre, lo indirecto y lo oblicuo en la práctica del arte y la estética en los primeros años del siglo XXI, a partir de la afirmación de Zygmunt Bauman que dice que “sólo en la incertidumbre se puede fundar una moral verdadera”. Y también la muestra Cuántica (2019) en el CCCB que, a través del trabajo creativo conjunto entre artistas y científicos, aportaba conceptos clave para entender los principios de la física cuántica.

Estas son sólo algunas de las aproximaciones hechas desde el arte para intentar cuestionar el sistema de creencias que hemos asumido como verdades incuestionables y que determinan nuestros conocimientos futuros. En este contexto, el arte se convierte en un campo de exploración que permite vislumbrar otras realidades posibles y especular sobre los diversos aspectos del mundo, su aspecto sensible, su dimensión política, su capacidad de establecer relaciones entre las cosas, entre los sujetos y la materia, etcétera. En definitiva, es una herramienta para pensar y generar ideas, capaz de generar entornos de pensamiento y transmisión de ideas y concepciones del mundo. El Festival Panoràmic presentará diversas producciones artísticas que entran en debat sobre estas cuestiones.

Desprotegida ante los fenómenos de la naturaleza y los hechos de la historia, la humanidad siempre ha intentado predecir el futuro. En el fondo, las predicciones se nutren de dos componentes inseparables: las estructuras de repetición, con ritmos cosmológicos, biológicos o netamente humanos, y los eventos únicos (azarosos o accidentales), imposibles de predecir. Estas estructuras están superpuestas y actúan simultáneamente. En el mundo antiguo, la profecía, el oráculo y el augurio eran los nexos entre lo humano y lo divino. En el ámbito privado se consultaban chamanes, adivinos y oráculos para saber cómo irían las cosechas o si superarían una enfermedad. También había predicciones para el futuro colectivo, más cerca de la filosofía política y de la gestión de la información y las predicciones que se dan actualmente. Esta práctica es universal y, en general, existen dos grandes tipos: la que se inspira y se basa en la posesión divina del intermediario y la que se basa en la observación de señales. Hay tradiciones en todo el planeta: el I Ching chino, o libro de las mutaciones, las prácticas Yoruba o Azande, el Orisha de la adivinación de la santería o el Seidr los nórdicos paganos.

Desde la ciencia también hay un interés en predecir el futuro de nuestra especie. Stephen Hawking alertaba de la sumisión de la especie a la inteligencia artificial o del peligro que supone el hecho que dentro de 600 años la tierra se pueda convertir en una gran bola de fuego con la necesidad de encontrar otro hogar, que una pandemia o una hecatombe nuclear pongan fin a la existencia de la humanidad o que nos invadan los alienígenas, entre otros.

En las narrativas contemporáneas, la ciencia ficción ha generado una serie de imágenes que conforman un universo entre los polos utópico y distópico, con obras como 1984, de George Orwell; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Farenheit 451, de Ray Bradbury o Neuromante, de William Gibson. Pero la humanidad también ha vivido fascinada por el azar. Voluntario e imprevisible al mismo tiempo, ya sea controlado o entregado al accidente, siempre ha tenido un lugar en el proceso creativo, aunque a partir del siglo XX se ha convertido en una práctica totalmente integrada en la obra y el proceso de creación, en la que la forma accidental passa a ser estética, desde Duchamp a John Cage. En este contexto, el azar se une a la realidad, no para revelar su significado sino para desafiar las normas que condicionan la percepción. Como práctica artística, responde a la voluntad de actualizar el olvido y suspender los esquemas de representación habituales, es un punto cero, un reinicio perpetuo.

Quizás el arte nos ha servido en diferentes momentos porque siempre se ha movido en el terreno de la incertidumbre, desafiando la representación de la realidad, proyectando futuros posibles y escapando al determinismo de las verdades absolutas.